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La paradoja progresista

Por Ignacio Imas, gerente asuntos públicos Imaginaccion

La Segunda / Columna de opinión 

28 de marzo 2025

Por décadas, las izquierdas en Chile buscaron ser un motor de cambio y transformación social. Sin embargo, en los últimos años, han comenzado a enfrentar un obstáculo inesperado: su propio dogmatismo; un problema que va más allá de un mero hito electoral y pone en peligro formar mayorías.


Se trata de una tendencia preocupante en sus bases sociales y culturales: el crecimiento de una ortodoxia ideológica que sofoca el debate y rechaza la disidencia. La política de las izquierdas ha pasado de ser un espacio de discusión de ideas a buscar que su visión de la sociedad es la única manera de entender el mundo.


Uno de los síntomas más evidentes de esto es que la legitimidad de un argumento no depende de su solidez lógica o evidencia empírica, sino de la identidad de quien lo sostiene: ciertas voces que tienen un monopolio sobre la verdad y otras que, sin importar cuán razonables sean sus planteamientos, deben ser descartadas por no pertenecer a los grupos 'correctos'. Este fenómeno se ha visto reflejado en múltiples debates en Chile, desde el feminismo hasta el conflicto mapuche. Y el resultado no ha sido el fortalecimiento del progresismo, sino su debilitamiento. En lugar de ampliar su base de apoyo, termina hablándose a sí mismo, reforzando una burbuja ideológica que la aleja de los ciudadanos comunes. En lugar de construir una sociedad más inclusiva, ha creado nuevos espacios de exclusión. En vez de fomentar el pensamiento crítico, ha impuesto una ortodoxia rígida. En lugar de combatir las desigualdades estructurales, ha generado un discurso que muchas veces divide más de lo que une.


Este clima de intolerancia y purismo ha generado, a su vez, el auge de visiones conservadoras, especialmente entre los hombres jóvenes. Frente a una corrección política que perciben asfixiante y autoritaria, muchos han encontrado refugio en discursos reaccionarios que prometen una ruptura con lo que consideran un exceso de restricciones culturales y morales. Paradójicamente, en su intento por imponer una visión del mundo basada en la identidad y la pureza ideológica, la izquierda ha terminado por alimentar una contrarreacción que impulsa valores tradicionalistas y rechazo a la diversidad.


Lo más paradójico es que, aunque la izquierda radical y el nuevo conservadurismo se sitúan en polos opuestos, terminan alimentando la misma lógica de polarización. En su aparente antagonismo, comparten un rasgo fundamental: la intransigencia. Esto crea un círculo vicioso en el que cada extremo se justifica a sí mismo a partir de la existencia del otro, debilitando el debate democrático y dejando sin representación a quienes buscan una política basada en el pluralismo y el intercambio de ideas.

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